EL POETA DE LA BREVEDAD

sábado, 1 de marzo de 2014

ANATEMAS : IVAN COMIENZA SU CRUZADA

IVAN COMIENZA SU CRUZADA




“Tanto patear la calle me van a salir suelas en los pies. Para colmo el frío se ensaña con lo pobres en este pueblo de mierda. Lo mejor que puedo hacer es ir a tomar unos mates con Bruno previa actitud indigna frente a la barrera, previa bronca por la indignidad asumida frente a la cabina de seguridad.
 Ya no puedo seguir así, pero resignarme a trabajar por una limosna es suicidar mi alma. Trabajar por las migas que se le caen de la mesa y que debemos agradecer puntualmente y sin análisis.
No nací para esclavo, aunque detrás de sus cristales esperen ansiosos mi caída, sin sospechar que ellos ya cayeron al igual que yo, en el tiempo, y no hay retorno.
 Plutarcas vanidosos y su sequito de jorobados que esperan que se me pudra el corazón para alimentar su miseria, pero no les voy a dar el gusto.
 Algo tengo que hacer para zafar, y ese es el verbo correcto. Justifico el robo pero irremediablemente me esperaría la cárcel o la muerte, y lo admito soy un cobarde.
No pienso darles el gusto aunque termine lamiéndole los escaparates de sus restaurantes y me echen a patadas por cometer el mortal pecado de arruinarles la cena.
Que me espera, ¿una mujer y unos hijos que justifiquen mi cobardía?
Acaso puedo optar por el suicidio y su sin sentido, me alentaría como un teatro trágico y modesto la plaza principal.
¡Pero si hasta la muerte carece de sentido como no enrojecer al admitir mi error tratando de remediarla con mi voluntaria desaparición!
La libertad es esto, no se puede aspirar a más, de lo contrario seria un idiota.
Al menos debo crear la ilusión de limitar su poder sobre mí, aunque su autoridad me torture. No meter el rabo entre las patas, privilegiar mi don de pobre y de hombre, su miedo en mi rebeldía, la convicción que me mataran de todas maneras pero que les voy a escupir el plato,  y por más que me prohíban el acceso a sus vidrieras los voy a odiar sin tregua porque los reconozco detrás de sus trajes.
 Son mis enemigos y los celebro en silencio, con la dignidad de mi frió y el escarnio de su abrigo. A veces pienso que me llevaré un par de ellos conmigo.”





viernes, 7 de febrero de 2014

CERCA DEL ESPANTO

Cuando uno comienza a derrumbar sus creencias metodicamente luego de alguna febril convulsión no hay estructura que quede en pie.
Y en el solipsismo más radical queda atrapada la única verdad posible.
Y en la soledad más espantosa queda atrapado este sujeto.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Iván - Otoño definitivo en Carhué.

LAS ANATEMAS DE UN LACAYO
Iván - Otoño definitivo en Carhué.


El sol caminaba hacia el cenit liderando el azul y diáfano manto.
Los rayos dorados y oblicuos reverberaban como voltaicos estallidos de pudor sobre la escarcha agonizante del bulevar ensalivando de violento fulgor la gramilla hirsuta. Lamiendo con seco desprecio las decrépitas hojas de los arbustos que como astutos enanos se refugiaban en las benevolencias del colosal tamaño de los eucaliptos, que de norte a sur dividían el centro de los arrabales hasta perderse en las recónditas entrañas de los sembradíos.
Ivan salió a la acera como escapado de una pesadilla, paranoico, escurridizo. Se bamboleo entre el aire matinal y un acceso de tos convulsionó su breve figura.
 Siempre había pensado que la realidad nos muestra signos que como gnósticos mensajeros nos llegan desde la percepción de los objetos delineando las rutas del azar o el espanto de lo  determinado. Que él solo era otro objeto en el mundo de sus pares, que era otra cosa entre las cosas, otro signo de lectura, un punto en la prosa imperfecta de una broma oscura, un ente empecinado en la torpe aporía de su vida.
Otras veces prefería callar.
Una suave ventisca acariciaba la cresta de los gigantes que parecían ahora moverse en la silenciosa melodía del universo interrumpida gallardamente por una tos tuberculosa e inepta.
Cada mañana cuando sus ojos se enfrentaban al sol desde la casa de paredes amarillas que hace esquina entre el Boulevard Alsina  y Remington lo asaltaba un profundo rencor, que como un ladrón se agazapa en sus costillas prestas a punzar su veneno tan mortal como adictivo.
Prendía un pucho, se acomodaba los pelos largos en un elástico negro y embutía sus manos en los rasgados bolsillos de su campera de jeans. Cubría cuidadosamente el cuello con la solapa y observaba con desanimo las amarronadas arterias donde latía la vida de un Carhue insano y amargo. Miraba un punto fijo en el piso y las bermudas de grafa comenzaban su lenta fricción.
Era para el cómo el ingrato deber de un verdugo que comienza a amar su trabajo al mismo tiempo que huye de quién fue.
Levitaba casi con ligereza dejando tras su paso una estela de humo. “Algún día me voy a ir de esta cárcel, los voy a dejar con sus miserables mezquindades”.
La brisa del otoño apuraba la combustión del cigarro y las brasas se espejaban en unos negros ojos inyectados de sangre, de odio, de una cólera enferma contenida en el pecho, violentándolo todo, como la obsesión de violador castrado.
Llego a la esquina de Colón y el guarda lo miró socarronamente desde la cabina.
–La tarjetita por favor. Chilló la voz desde un parlante.
 Iván pasó la tarjeta. - Tiene hasta las 18 jovencito.
Las barreras se levantaron e Iván ingresó al Centro.
El asfalto absorbía el rebote de sus botas de lona, los señores del orden lo observaban agraviándolo con bromas. Él no reaccionaba pues sabía que corría el riesgo de no volver a ingresar. Seria expulsado y condenado de por vida a la ingratitud que consistía  quedar excluido de las ayudas sociales del gobierno.
Los odiaba. Y pensaba como Emilio cada vez que cruzaba a alguien dentro del perímetro:
“Soy como esas viejas maniáticas que ven en todo desconocido un asesino.”
De pronto levantó la cabeza giró a la izquierda y como un edicto diario se dirigió a la plaza Levalle por una Avenida San Martín atestada de automóviles.

lunes, 3 de febrero de 2014

LA REVOLUCIÓN DE LOS IMBÉCILES

CUESTIÓN DE LA VERDAD

En este nuestro mundo el criterio de verdad se ha transformado radicalmente a lo largo de los siglos. Hoy la apariencia es la verdad. No importa su coincidencia con los hechos. Aparentar es ser.

 

ESE DEMONIO LLAMADO
IVÁN

Iván odiaba a los ricos tanto como yo. Pero era un odio que no tenía que ver mucho con la envidia que levemente le dispensaba a su hermano mayor, el que trágicamente murió hace unos meses. Lo sepultó vivo un camión contra la ladera de un cerro y se murió ahogado entre el trigo y la humedad. 
Iván mañana marchará a plaza congreso. Acampará día y noche hasta que acabe el conflicto. O a hasta que corra sangre como bien me dijo. Por las dudas lleva el 38 en la mochila.

Iván secretamente me odia, sabe  que en el fondo soy una porquería. Un pequeño insecto avergonzado de su egoísmo. 
Y yo sueño que un día de estos lo maten.

ANATEMAS - PRELUDIO OBSESIVO

PRELUDIO OBSESIVO


DÍA DE OTOÑO


Señor, el tiempo está cercano. Fue muy largo el estío.
Posa tu sombra en los cuadrantes solares
y sobre la llanura desata los vientos.
A los postreros frutos ordénales madurar,
Concédeles aun jornadas más serenas,
apremia su sazón, y exprime la suprema
dulzura de los zumos en el pesado vino.

El que no tiene casa no la levantará ya más,
el que está solitario, quedará largo tiempo
leyendo y prolongando sus cartas y vigilias,
y agitado irá de aquí para allá
a lo largo del sendero donde gira la hojarasca.


Rainer, Maria Rilke.




PRELUDIO

Esa ira que todo lo atraviesa, llega al fin hasta mí. Hasta esto que soy, hasta esta construcción producto de la historia.
Esa ira promete romper con todo, hasta con mi conciencia, y mi creencia transformada en verdad, presa de un acostumbramiento selectivo, fundamento de mi ser en sociedad, mi –yo- en- la- sociedad.
Un día me sucedió la muerte, con toda la potencia del suceso, me sucedió a mí y su cruda silueta todo lo destruyó. Hasta mí mascara se rompió en mil pedazos.
Ese día vi mis cadenas, mi imposibilidad, los rostros de los amos, y me comprendí entre la historia: fugaz, efímero, cubierto de lodo y necesario.

Las tripas revueltas frente a un gran espejo que me devolvía la ansiedad de un animal hambriento, ¡un omnívoro ansioso que se refleja en la tristeza de sus ojos!
La tristeza: sensación confusa, a veces transformada en angustia.
La tristeza: levedad en el vacío, preludio de la espera.
La angustia: dolor en el vacío, preludio de la desesperación

Las tripas revueltas frente al gran espejo, temblando de miedo.
El temblor: reacción frente al mundo desnudo.
Mi mundo-este-mundo: construcción de mi condición miserable.
Mi condición de miserable: una perspectiva frente al mundo.

El esfuerzo de mi memoria por rescatar el pasado y darle existencia es a menudo titánico. Reniego del abandono en el tiempo, de nuestro abandono al mundo. Reniego del mundo.

¿Quién me rescatará del olvido?
Nadie.

¡Debo ser fuerte!
Pura ilusión.

La memoria es frágil, errática, incapaz de acceder a la totalidad del recuerdo, incapaz al fin y al cabo de rescatarnos del olvido.
Mi memoria: preludio de la nada.
La épica es incapaz de rescatar al miserable, el es un héroe pero de su preciso y trágico olvido.

La revolución está adentro, nace ahí, bien adentro.
La revolución debe mezclarse en el mundo y destruirlo, la esencia de la revolución es la destrucción. La revolución del miserable es su propia destrucción.

Cada vez que el sol cae y tiñe de amargura la luz de mis ojos intento razonar, despejar dudas para recostar mi cuerpo, un cuerpo previsible que se arrastra sobre la tierra. Nada me convence de razón suficiente, todo me recrea el hambre de cenizas.
En el fondo no hay luz, solo el lodo que ahoga y deglute mis palabras.

Suelo levantar la cabeza, despejar la mirada y sentir la extrema ansiedad de derribar los muros y buscar una luz. Una luz que devele el manto de las cosas.

Mis contradicciones me mantienen vivo. La certeza mata al hombre en el hombre, lo convierte en objeto de su propia ficción, lo subvierte en un alucinado asesino intentando imponer su mundo interior. Imponer al hombre que hay en él.
El hombre es una construcción, al fin y al cabo una idea dentro de otra idea que es la historia retroalimentada y sedienta de sangre, implacable bestia voraz. Y el hombre solo desea ser-el-hombre para los demás hombres.

El miserable es un resentido feroz sin opción a la gloria y temeroso de su muerte. Aunque en el anida la envidia, motor de la revolución de su corazón opaco o colapso de sus latidos en un mundo que no lo escucha.
Este hombre es una construcción posmoderna, vital, negativa. El miserable es tu rostro frente al gran espejo. El génesis de la detonación de la pesada máscara de ese mundo en el que ha sido concebido.
El miserable soy yo.

“El individuo a luchado siempre para no ser absorbido por la tribu.
Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.”

Friedrich Nietzsche

ANATEMAS -PREFACIOS - 1 ENTRANCE

LAS ANATEMAS DE UN LACAYO -PREFACIOS - 1
ENTRANCE
Es extraño, hoy siento un frió singular en el pecho, me duelen los huesos, salivo café barato y mal azucarado, la nuca se pierde en un pinchazo que me abre la cabeza desde el limite semiredondo de la melena hasta el centro frontal de mis ojos.
Hoy no tengo esa ansiedad de matar ni de matarme tan astutamente reprimida.
Me duele demasiado el cuerpo, percibo exagerado y conciente la pena de mi carnalidad.
Tácitamente frágil siento el todo, un conjunto de carne pudriéndose en un sol indiferente al manjar que las moscas y los gusanos harán de mí. Siento la locura de persistir en este afán de sufrimiento, de tomar la postura extrema de racionalizar mi dolor: un absurdo. Otro que me justifica.
El cuerpo duele, eso llena toda incógnita, la posterga, se debe estar sano para hacer apología del sufrimiento, sano o loco. La enfermedad devasta toda racionalidad, el dolor rompe todo fundamento, todo discurso.
Para escarbarme las heridas por morbo y placer debo de estar sano o loco: intelectualmente me resultan lo mismo.
La espalda mal alineada y los miles de kilos que subyugan mi cabeza me hacen pensar en una sola cosa: acostarme y descansar-morirme un ratito. Sonrio. Morir un poquito y volver a despertar, entregarme como un Cristo y regresar, como un Lázaro sin milagro.
Alguien respira, es un jadeo ronco, otra pasa con una pila de papeles para atiborrar de signos inútiles, está preocupada, lleva el ceño fruncido detrás de unos anteojos como antiparras de agua turbia y esa burda preocupación le llena la vida como este dolor que llena la mía, como un aliciente para el espíritu, como una lección de la carne y su primacía sobre el espíritu derrotado en miles de batallas permaneciendo igual de absurdo allí frente a mi espejo.
Miro a unos pibes fumarse un porro en una esquina con un par de cervezas en la mano, la seguridad pasa, el arrabal no importa, me miran encorvado y amarillo y no me ven. ¿Qué hora es se preguntan? Alguien contesta, alguien golpea, a otro se le escucha un hueso roto y gritos como chillidos de un pequeño animal herido, a uno lo suben a golpes al furgón, los otros corren, yo solo transcurro frente a ellos pero lejos de sus miradas y con suerte llevo mi dolor.
Los envidio un poco, se necesitan, se piensan, se balean y se mueren sin grandes histeriqueos, de un balazo, de sida, molidos a palos o apuñalados por algún asunto de polleras.
Llega a mí otra intuición: el odio es vida. Entonces escapo a encerrarme con mi dolor, a disfrutarlo, a compararlo con el idiota sano que fui ayer.
Me abstengo de buscar un analgésico aunque las puntadas me atraviesen el riñón, aunque sienta tanto frío en el pecho, tanto dolor que de pronto se vuelve imperceptible. Ya no puedo detectar su origen y comienza a sangrarme la nariz como un torrente viscoso que me arrastra hacia fuera por más que intente aferrarme a mi cuerpo.
En el piso hay un charco. Es tu sangre. De nuevo ese ansia de volver a matarte porque ahora no estás.
Cuanto tiempo ha esfumado la apariencia del reloj, cuanto hace que no ríes y tu silencio insoportable me atormenta. Ya no ruegas, ya no te espantas, ya no escondes mis golpes, mis burlas: ya no estás y esa es tu venganza.
Hoy te envidio y ambiciono tu fé por la sola necesidad de responsabilizar a otro por la miseria que dibujo en este movimiento, en esta cadencia destructora, antropófaga, este maldito Zeus que me generó en el vomito de su maldito hijo.
Hoy por fin creo que dormiré junto al febril temor de la ultima hora.
Hoy puedo empezar a esbozar las anatemas de un nadie.