EL POETA DE LA BREVEDAD

miércoles, 5 de febrero de 2014

Iván - Otoño definitivo en Carhué.

LAS ANATEMAS DE UN LACAYO
Iván - Otoño definitivo en Carhué.


El sol caminaba hacia el cenit liderando el azul y diáfano manto.
Los rayos dorados y oblicuos reverberaban como voltaicos estallidos de pudor sobre la escarcha agonizante del bulevar ensalivando de violento fulgor la gramilla hirsuta. Lamiendo con seco desprecio las decrépitas hojas de los arbustos que como astutos enanos se refugiaban en las benevolencias del colosal tamaño de los eucaliptos, que de norte a sur dividían el centro de los arrabales hasta perderse en las recónditas entrañas de los sembradíos.
Ivan salió a la acera como escapado de una pesadilla, paranoico, escurridizo. Se bamboleo entre el aire matinal y un acceso de tos convulsionó su breve figura.
 Siempre había pensado que la realidad nos muestra signos que como gnósticos mensajeros nos llegan desde la percepción de los objetos delineando las rutas del azar o el espanto de lo  determinado. Que él solo era otro objeto en el mundo de sus pares, que era otra cosa entre las cosas, otro signo de lectura, un punto en la prosa imperfecta de una broma oscura, un ente empecinado en la torpe aporía de su vida.
Otras veces prefería callar.
Una suave ventisca acariciaba la cresta de los gigantes que parecían ahora moverse en la silenciosa melodía del universo interrumpida gallardamente por una tos tuberculosa e inepta.
Cada mañana cuando sus ojos se enfrentaban al sol desde la casa de paredes amarillas que hace esquina entre el Boulevard Alsina  y Remington lo asaltaba un profundo rencor, que como un ladrón se agazapa en sus costillas prestas a punzar su veneno tan mortal como adictivo.
Prendía un pucho, se acomodaba los pelos largos en un elástico negro y embutía sus manos en los rasgados bolsillos de su campera de jeans. Cubría cuidadosamente el cuello con la solapa y observaba con desanimo las amarronadas arterias donde latía la vida de un Carhue insano y amargo. Miraba un punto fijo en el piso y las bermudas de grafa comenzaban su lenta fricción.
Era para el cómo el ingrato deber de un verdugo que comienza a amar su trabajo al mismo tiempo que huye de quién fue.
Levitaba casi con ligereza dejando tras su paso una estela de humo. “Algún día me voy a ir de esta cárcel, los voy a dejar con sus miserables mezquindades”.
La brisa del otoño apuraba la combustión del cigarro y las brasas se espejaban en unos negros ojos inyectados de sangre, de odio, de una cólera enferma contenida en el pecho, violentándolo todo, como la obsesión de violador castrado.
Llego a la esquina de Colón y el guarda lo miró socarronamente desde la cabina.
–La tarjetita por favor. Chilló la voz desde un parlante.
 Iván pasó la tarjeta. - Tiene hasta las 18 jovencito.
Las barreras se levantaron e Iván ingresó al Centro.
El asfalto absorbía el rebote de sus botas de lona, los señores del orden lo observaban agraviándolo con bromas. Él no reaccionaba pues sabía que corría el riesgo de no volver a ingresar. Seria expulsado y condenado de por vida a la ingratitud que consistía  quedar excluido de las ayudas sociales del gobierno.
Los odiaba. Y pensaba como Emilio cada vez que cruzaba a alguien dentro del perímetro:
“Soy como esas viejas maniáticas que ven en todo desconocido un asesino.”
De pronto levantó la cabeza giró a la izquierda y como un edicto diario se dirigió a la plaza Levalle por una Avenida San Martín atestada de automóviles.

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