EL POETA DE LA BREVEDAD

lunes, 3 de febrero de 2014

ANATEMAS -PREFACIOS - 1 ENTRANCE

LAS ANATEMAS DE UN LACAYO -PREFACIOS - 1
ENTRANCE
Es extraño, hoy siento un frió singular en el pecho, me duelen los huesos, salivo café barato y mal azucarado, la nuca se pierde en un pinchazo que me abre la cabeza desde el limite semiredondo de la melena hasta el centro frontal de mis ojos.
Hoy no tengo esa ansiedad de matar ni de matarme tan astutamente reprimida.
Me duele demasiado el cuerpo, percibo exagerado y conciente la pena de mi carnalidad.
Tácitamente frágil siento el todo, un conjunto de carne pudriéndose en un sol indiferente al manjar que las moscas y los gusanos harán de mí. Siento la locura de persistir en este afán de sufrimiento, de tomar la postura extrema de racionalizar mi dolor: un absurdo. Otro que me justifica.
El cuerpo duele, eso llena toda incógnita, la posterga, se debe estar sano para hacer apología del sufrimiento, sano o loco. La enfermedad devasta toda racionalidad, el dolor rompe todo fundamento, todo discurso.
Para escarbarme las heridas por morbo y placer debo de estar sano o loco: intelectualmente me resultan lo mismo.
La espalda mal alineada y los miles de kilos que subyugan mi cabeza me hacen pensar en una sola cosa: acostarme y descansar-morirme un ratito. Sonrio. Morir un poquito y volver a despertar, entregarme como un Cristo y regresar, como un Lázaro sin milagro.
Alguien respira, es un jadeo ronco, otra pasa con una pila de papeles para atiborrar de signos inútiles, está preocupada, lleva el ceño fruncido detrás de unos anteojos como antiparras de agua turbia y esa burda preocupación le llena la vida como este dolor que llena la mía, como un aliciente para el espíritu, como una lección de la carne y su primacía sobre el espíritu derrotado en miles de batallas permaneciendo igual de absurdo allí frente a mi espejo.
Miro a unos pibes fumarse un porro en una esquina con un par de cervezas en la mano, la seguridad pasa, el arrabal no importa, me miran encorvado y amarillo y no me ven. ¿Qué hora es se preguntan? Alguien contesta, alguien golpea, a otro se le escucha un hueso roto y gritos como chillidos de un pequeño animal herido, a uno lo suben a golpes al furgón, los otros corren, yo solo transcurro frente a ellos pero lejos de sus miradas y con suerte llevo mi dolor.
Los envidio un poco, se necesitan, se piensan, se balean y se mueren sin grandes histeriqueos, de un balazo, de sida, molidos a palos o apuñalados por algún asunto de polleras.
Llega a mí otra intuición: el odio es vida. Entonces escapo a encerrarme con mi dolor, a disfrutarlo, a compararlo con el idiota sano que fui ayer.
Me abstengo de buscar un analgésico aunque las puntadas me atraviesen el riñón, aunque sienta tanto frío en el pecho, tanto dolor que de pronto se vuelve imperceptible. Ya no puedo detectar su origen y comienza a sangrarme la nariz como un torrente viscoso que me arrastra hacia fuera por más que intente aferrarme a mi cuerpo.
En el piso hay un charco. Es tu sangre. De nuevo ese ansia de volver a matarte porque ahora no estás.
Cuanto tiempo ha esfumado la apariencia del reloj, cuanto hace que no ríes y tu silencio insoportable me atormenta. Ya no ruegas, ya no te espantas, ya no escondes mis golpes, mis burlas: ya no estás y esa es tu venganza.
Hoy te envidio y ambiciono tu fé por la sola necesidad de responsabilizar a otro por la miseria que dibujo en este movimiento, en esta cadencia destructora, antropófaga, este maldito Zeus que me generó en el vomito de su maldito hijo.
Hoy por fin creo que dormiré junto al febril temor de la ultima hora.
Hoy puedo empezar a esbozar las anatemas de un nadie.

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