EL POETA DE LA BREVEDAD

martes, 15 de septiembre de 2015

EL TIEMPO


       EL TIEMPO


En el paraíso el hombre no tenía más que perseverar para continuar gozando. Sin ninguna lucha interior, sin tentaciones desde dentro y sin turbación.
 El vivía en paz en el lugar de su beatitud. Pero el hombre prefirió transgredir un orden fácil de respetar. 
Dios solo le imponía la obediencia, prevaleciendo en el hombre su orgullo de simio racional y el deseo de igualar a su amo a quien secretamente envidiaba. Y fue esta confianza en si mismo la que lo hizo abortar su felicidad: su eternidad de parásito.
El hombre a imagen y semejanza de su Padre quiso brillar por si mismo, comió del fruto y engendró la culpa de la que no estimaba hacerse responsable.
Expulsó Dios al hombre del paraíso y comenzó este su propio camino cargando en el morral el invento mortal del pecado. Convirtiese así al fin con su hipotecada imperfección en un ser original.
A veces suscita en la vida el deseo de una segunda y definitiva caída: la del suicidio. Ese apagón voluntario de la luz.
La caída, literal impulso al abismo, al ahogo, al desnucamiento, al balazo o la sencilla laxitud de la caída en una fosa.
Suicidio, necesidad, vértigo, excitación y locura.

El hombre necesita caer. La caída es su esencia, su verdadera naturaleza.

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