EL POETA DE LA BREVEDAD

viernes, 13 de julio de 2018

UN MUNDO TAN PEQUEÑO (Parte Primera)


Carhué se sentía sórdido y apagado aquella mañana del 16 de septiembre del cuarenta y cinco. La ventana de mi habitación daba a un baldío regular y amarillento que se extendía como un baldazo de agua hasta las costillas de la Avenida San Martín.

El viento estremecía las copas hirsutas de los eucaliptos del bulevar Avellaneda con su soplo exultante desde el sur, trayendo una ola helada que despabilaba los cabellos de los escasos transeúntes que circulaban por aquí.

Poco a poco el sol blandía su estandarte desde el este; para algunos necesario e inevitable, para mí tan contingente como la posibilidad de respirar en el próximo atardecer.

Hacía rato que no llovía y la primavera no auguraba mejoras.

 La última estación además de miseria había traído al pueblo a un grupo de parcos alemanes que se refugiaron en las estancias. Eran tiempos de cambio, de nuevos horrores, de hambre nuclear y de otra guerra me aseguraba C.

Nunca supe como contradecir a C,  aunque lo deseaba por el simple hecho de no darle la razón, de contra argumentarle con falacias o con mi hermética risita de escape, de fobia, de miserable resquemor por mi condición frágil y frustrante.

El país, este país, estos límites difusos que albergan en su vientre este retazo entre el agua y la tierra que significan Carhué. Un Carhué arrancado en el tiempo.
 Este país que se niega a si mismo con una obstinación brutal propia de su origen incestuoso.

A veces pensaba  que la alfombra seca y polvorienta que pisaba había sido abonada de sangre de seres considerados menos que animales, considerados inferiores en una taxonomía zoológica,  condenados por mandatos de la oscura moral de esos hombres que ejercían su deber de exterminio.

 Cuando indagaba en mis convicciones un morbo quisquilloso adentrándose en mis costillas me hacía sonreír. Presentía el absurdo absoluto.

Muchas veces me replanteaba al cruzar el portal de Rivadavia entre un remolino de hojarasca y polvo o de una finísima llovizna, la burda insignificancia de respirar bajo estos cielos, de justificar la razón de estar vivo y no la inclinación desesperada de  meterme un tiro en la cabeza.

 También pensaba que el lago era una frontera con otro mundo paralelo que se realizaba en el mismo intersticio del tiempo pero con fenómenos diferentes.

En un momento pensé que esta realidad podría funcionar como la teoría matemática del fractal,  normalmente los fractales son autosemejantes, es decir que una pequeña sección de un fractal puede ser vista como una réplica a menor escala de todo el fractal. Pero descarté la idea.

En un mes me matarán. Podría evitarlo pero ya no me interesa.

 El poder se legitima en la creencia y esta a su vez en el miedo. Las palabras persiguen palabras que se convocan para decidir un destino y he convocado aquellas que decidieron mi muerte. De nada me arrepiento.

La escena principal a la cuál voy a hacer referencia transcurre durante una charla mantenida en un bar, en uno de sus fragmentos  en tono de discusión con R, un octogenario funcionario del palacio municipal dedicado durante más de tres décadas al ordenamiento de archivos militares.
En ese bar frente a la estación de trenes debatimos sobre la existencia de un hecho.
R afirmaba haber leído documentos que aseguraban la existencia de catacumbas debajo de la plaza principal cuyo acceso ahora sellado se encontraría en la arista izquierda del monumento central.
En estas catacumbas estarían sepultados los cadáveres de cincuenta habitantes originarios degollados a principio de siglo y sometidos a terribles vejámenes por parte del ejército.

 Atribuí aquella desmesura a la edad y al alcohol y rápidamente pasamos a otra temática trivial.

Aquella tarde creí que esa matanza no era un hecho posible, que esto no podía haber ocurrido. Pero no estaba seguro. Hay algo maldito en este lugar.

Pasaron un par de días y en un arrebato me dirigí a las oficinas del palacio, a exigir que si tal teoría tenía asidero se la investigara.

No intuí que mi cuerpo bailotearía de una soga un par de días después.

C me advirtió de las consecuencias de mis actos, pero tan solo  me reí cuando partió con su paso apresurado a destejer en nocturnas veladas las telarañas del inhóspito universo.

El sabía lo que iba a sucederme.

Algunos muertos deben permanecer en el anonimato para que lentamente se pierdan en el olvido.

Un par de noches más tarde me secuestraron en casa.  Me torturaron, me encerraron en un sótano, me apalearon sistemáticamente por días enteros hasta que perdí la noción del tiempo.
.
A mediados de  de octubre me ahorcaron bajo un clima festivo. Alguien dijo que algo había hecho y otro señalaba para que sirva de ejemplo.

Pero bien las cosas siempre pueden suceder de otra manera.

(Continuarà..)

N.M.A.C.



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