EL POETA DE LA BREVEDAD

viernes, 13 de julio de 2018

UN MUNDO TAN PEQUEÑO (Parte Segunda)


Hace rato que no llueve y la primavera no augura mejoras.

El tren cruje desde lejos con un aullido seco que parece acarrear con angustia un revoltijo de sangre y tripas escapando de sus sombras, llegando a Carhué, deseando su paz.

 Luego bajan de los vagones con sus rostros tan distintos y a la vez tan iguales en esas miradas fugitivas de ciudad. Me recuerdan la violenta sensación de soledad ante el abrazo que nunca llega, que un día se fue.

Ella partió de este andén de cercanos pastizales  y hambrientas distancias que abriendo paso desde mi pecho impotente se la llevaron para devorarla en la triste sala de un quirófano de la capital.
En el silbido de aquella máquina quedó anclada mi soledad, infinita soledad de esos labios que amaré, desafiando la grave autoridad de mis ojos escépticos y la cruda advertencia de la pampa y sus vientos.
 Hay algo de triste y hermoso en Carhué, en el Carhué de la hermosura triste, del bautizo moribundo,  a este saludable vómito de carne y cemento que habito con mis esperanzas de hombre, con mis frustraciones de mortal.

Un mar supo esconder un secreto en las entrañas de Carhué, diamante de sal, silencio amniótico, soledad inconsternable.

 Los edificios principales, altos, robustos aguardan la lógica del progreso empotrados dentro de la cuadratura de los bulevares que como firmes fronteras sustentan la anatomía imponente de los eucaliptos, cruzados del viento, padres de las sombras que opacan las luces de secretos fantasmas que peregrinaron por su lecho.

El pueblo vive y muere, se nutre de nosotros como un parásito gigante.
Nosotros nos nutrimos de él para encontrar un lugar, un aliciente para nuestro desvarío, como un potente analgésico donde anclar nuestra enfermedad, esa reticente orfandad ante nuestra ilusión de criatura.

Cuando todos dormimos él nos vela como a muertos que resucitarán ante la despótica insistencia de un nuevo día.

El sabe de la soledad y el destino, de la muerte y el olvido, y también sabe de la angustia y la nada.

Nací acá en este punto alejado de todo o al menos que parece alejado de todo lo que sucede,   que respira  un aire hostil a los sucesos como queriendo guardarse para sí una minúscula eternidad.

Un pasillo por donde se filtra la realidad, un zaguán inmóvil que contempla las huellas de las cosas en su desintegración infinita.
Unos ojos con pupilas secas esperando el parpadeo, que permiten la ilusión y el desvarío como verdades irrefutables o un jarrón en medio del desierto esperando ser vertido en alguna boca sedienta.
Nací acá en medio de la nada.

Hoy como todas las mañanas me levanté, me cebé unos mates en el cobertizo y partí apresurado hacia la plaza. Se corría la voz de que algo sucedería en Buenos Aires.

 En el camino me crucé con C que aparentaba un insomnio destructivo en su rostro.
Me comentó que había experimentado un sueño donde observó una realidad paralela y que desde entonces no podía pegar un ojo.

C piensa demasiado, no duerme bien y le teme con desesperación a la muerte. Tanto le teme que no pasa un día sin esperarla. Como si la deseara con un febril obsesión, enfermiza y secreta.

Para C nuestra realidad se desprende de una especie de arquetipo Platónico y se manifiesta de miles de formas del mismo modo que todas las sillas son el reflejo imperfecto de lo real que es la idea de silla perteneciente a otro mundo  al cuál Platón llama el mundo de las ideas, pero al cuál según C no tenemos acceso.
Nuestra realidad está  condenada a la sucesión  en el tiempo,  multiplicada eternamente debido al carácter circular de este, pero nunca realizándose de la misma manera.
Y C aclaraba “Pero hay otra realidad de la cuál provenimos, que no tiene motivo, que simplemente es una realidad inmóvil.”
C está loco.
Me dijo al pasar que había soñado que me matarían en la plaza.

Lo miré con recelo y luego me reí. El se encogió de hombros y  me recordó que era el aniversario de la revolución rusa y que quizá en otra posibilidad en el tiempo no habría revolución ni guerra mundial o todavía no ha acabado o quizá nosotros no seriamos ni seremos más que meras posibilidades.
Luego se fue.

C me resulta extraño, pero no más extraño de lo que me resulta mi cara en el espejo.
El me confía sus secretos porque creo que sabe que lo escucho y no se me pasan por alto sus cavilaciones.

La plaza estaba desierta y eran las seis de la tarde. Todo estaba normal.

Con sanguíneo placer dos vecinas discutían hace una hora en una vereda, enajenadas en una burbuja que parecía definir en el frenesí de sus palabras y el desencaje de su rostro el fin de su pequeño mundo.

Yo llevo aquí tres horas esperando que algo suceda. Y nada.

Este es un pequeño mundo, lento, absorbido por su mundana insignificancia. Tan lejano y absoluto como la muchedumbre que en este mismo momento avanza sobre Buenos Aires a ocupar la Plaza de Mayo y exigir la liberación de Perón.

C sobre el asfalto de Rivadavia sentado en un banco de la plaza observaba  la cruz de la iglesia.

Hizo un gesto con la cabeza, creo que sonrió y se recostó sobre un banco. Tenía algo entre las manos.

 La distancia,  un par de pasos alejan dos mundos y así la regla se hace extensa.

 C miraba el cielo, las nubes que se entrelazaban y sabía que no valía la pena decirle ya a nadie que dos submarinos alemanes se entregaron hace un tiempo en Mar del Plata, que su amigo que con un gesto y una mueca respiraba hoy, en otro lado sería ahorcado.

El inmóvil perfume de esa primavera en la prolífera plaza, su quietud amable, la brisa del lago que se filtra entre las calles polvorientas, las horas que pasan tan indiferentes y aciagas contrastaban  con la muchedumbre desbordada que invadía Buenos Aires.

Hoy es diecisiete de octubre del cuarenta y cinco y solo el sol que cae en las espaldas de la iglesia a espantado a los gorriones que admiraban a un hombre muerto.

Sobre un banco. Con un libro. Parecía dormido  porque sonreía lleno de silencio.

Pero bien las cosas pueden suceder de otra manera.

FIN


N.M.A.C.






No hay comentarios:

Publicar un comentario